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Motines en Brasil parte de un gran malestar social

Brasil ha experimentado una ola de violencia en sus cárceles.

Traducción de Kathryn Kennedy, del Spanish Language Internship Program en la Universidad

de Michigan.

ANN ARBOR- La tensión, violencia y muertes han estallado en las cárceles brasileñas. Tan sólo en los primeros 15 días del año, las disputas de pandillas han llevado a cerca de 135 muertes de presos en las cárceles del país, incluyendo masacres en tres estados: Amazonas, Roraima y Rio Grande do Norte.

Ashley Lucas, profesora asociada de teatro y drama en el Colegio Residencial y directora del Proyecto de Arte Creativo prisión en la Universidad de Michigan, dice que este nivel de violencia revela un estado de gran agitación civil en el pueblo brasileño. El gobierno de Michel Temer, y los que dirigen las prisiones brasileñas, deben ser juzgados por cómo han fallado en proteger a los más vulnerables de la población del Brasil, dice Lucas.

P: El sistema penitenciario de Brasil parece estar en un completo caos. Es bien sabido que hay poca rehabilitación y que a menudo se refiere a éste como una “fábrica” que produce criminales aún más peligrosos. ¿Cómo y dónde debe empezar Brasil a transformar esta realidad?

LUCAS: Tanto en Brasil como en los Estados Unidos, hemos encarcelado injustificadamente a grandes sectores de nuestras poblaciones. Las personas que necesitan tratamiento contra las drogas y el alcohol o atención médica, deben ser enviados a centros de tratamiento y hospitales. A la gente que comete crímenes porque no tienen esperanza, se le debe dar la oportunidad de vivir de manera diferente y tener expectativas realistas de una vida mejor si dejan de cometer crímenes. Si queremos que nuestra sociedad sea más segura, tenemos que invertir en todas las personas en nuestras comunidades. Todo esto es posible, pero sólo si decidimos que la seguridad pública y la dignidad de todas las personas es más importante que el castigo y la desigualdad estructural.

P: Las prisiones brasileñas están dominadas por pandillas. ¿Se puede decir que el gobierno ha sido cómplice en el crecimiento del crimen organizado en las cárceles?

LUCAS: El gobierno juega un papel muy importante en la creación de las condiciones económicas del tráfico de drogas dentro de sus fronteras y en los países vecinos. La demanda de drogas ilegales en los EE.UU. ha tenido un enorme impacto en la economía de México, Colombia y otros países de América Latina. Yo sé menos sobre cómo el tráfico de drogas opera en Brasil, pero en términos generales, la penalización del tráfico de drogas en cualquier país hace que el negocio de compra y venta de drogas sea mucho más lucrativo tanto para los traficantes de drogas como para  los gobiernos. Los distribuidores cobran más por sus productos debido a un aumento en la demanda del mercado, y los gobiernos tienen un sistema institucional estratégico para el mantenimiento de las divisiones de clase enfocándose desproporcionadamente en un gran número de personas que son pobres, sin educación, de piel morena y joven. El gobierno de Estados Unidos en realidad ayudó a difundir la cultura de pandillas en toda América Latina porque encarceló y luego deportó a tantos miembros de pandillas latinoamericanos, que luego enseñaron la cultura de las pandillas y el tráfico de drogas organizado a otros jóvenes en países como El Salvador.

P: Acabamos de ver una ola de barbarie en algunas cárceles brasileñas. Los presos fueron asesinados y decapitados en una disputa entre bandas rivales. ¿En qué erró Brasil?

LUCAS: Brasil actuó mal de la misma manera en que los EE.UU. ha actuado mal en torno a las prisiones. En los términos más simples, hemos encerrado a demasiadas personas. Hemos perjudicado desproporcionadamente a los jóvenes, a los pobres, a los ignorantes y a los que tienen la piel oscura. Más profundamente, hemos decidido que las personas que están en prisión no merecen los derechos humanos básicos. Le damos la espalda a su sufrimiento y justificamos nuestras acciones diciendo que estas personas deben merecer lo que sufren porque han incumplido alguna parte del contrato social.

P: Los datos muestran que las prisiones brasileñas están superpobladas y, recientemente, estudios han demostrado que muchos presos son delincuentes primarios, o algunos incluso esperan que la justicia defina su situación. ¿Contribuye la lentitud de la justicia al problema?

LUCAS: “‘La justicia demorada es justicia denegada’” es un principio jurídico invocado en la ley británica y estadounidense que se remonta a la década de 1840. Las palabras se hicieron más ampliamente citadas en los EE.UU. durante el movimiento de derechos civiles de la década de 1960 cuando los negros lucharon por la igualdad de derechos para enfrentar la violencia generalizada y horrible. Imagínese la tortura de ser detenido en una cárcel sin ser condenado durante años, años antes de que una persona tenga el derecho a defenderse en los tribunales. Esto le pasa a un gran número de personas en Brasil y los EE.UU. ¿Cómo puede ser justo?

Q: El gobierno de Brasil ha emitido un plan de seguridad en el que promete construir más cárceles en cinco regiones del país, siendo una de ellas una cárcel de máxima seguridad. Es esta la mejor manera de actuar en esta situación de emergencia?

LUCAS: Cada vez que un gobierno construye una prisión, hay un gran incentivo para llenarlo. La construcción de más cárceles, en particular de aquellas de una mayor seguridad y un mayor uso del aislamiento, sólo conduce a más violaciones de los derechos humanos contra más personas. Esta es la antítesis del valor de la seguridad pública ya que los estudios muestran consistentemente que más prisiones causan más delitos. Si los presos brasileños no hubieran estado viviendo en un estado de terrible hacinamiento y con tan poca protección de su propio gobierno, no habría habido decapitaciones.

P: ¿Qué podemos aprender de algunas prisiones extranjeras? ¿Hay buenos ejemplos o proyectos que han tenido éxito?

LUCAS: Varios países escandinavos tienen sistemas penitenciarios que funcionan mucho mejor que las de los EE.UU. y Brasil. Estos países escandinavos tienen mucho más bajos índices de criminalidad y encarcelamiento que nosotros, y buscan desde el momento en que una persona entra en el sistema penitenciario a prepararla para su liberación. Las prisiones deben ser lugares que ayudan a la gente a prepararse para la vida en la que no tendrán la necesidad o el deseo de cometer nuevos delitos después de su liberación.